Sudáfrica despidió a Desmond Tutu

Sudáfrica comenzó el año despidiendo por última vez a uno de los máximos referentes de la lucha contra el sistema racista del Apartheid y desde entonces reconocido líder social, el arzobispo Desmond Tutu, en una misa en la catedral anglicana de Ciudad del Cabo, el mismo lugar donde incansablemente predicó por una sociedad más justa e igualitaria.

«Papá diría que el amor que todo el mundo nos mostró (esta semana) es reconfortante. Les damos las gracias por haberlo querido tanto», sostuvo la hija del premio Nobel de la Paz sudafricano Mpho a la pequeña multitud de amigos, familiares, sacerdotes y simpatizantes que colmó el lugar.

Bajo un cielo gris y una ligera llovizna, una columna de personas con barbijo fue llegando sin cesar hasta llenar el templo de San Jorge, incluida la viuda del último presidente blanco del país, FW de Klerk, cuyo esposo también falleció recientemente, y el propio presidente Cyril Ramaphosa.

Además, estuvieron presentes amigos cercanos como la expresidente irlandesa Mary Robinson y la viuda de Nelson Mandela, Graça Machel, Letsie III, el rey del vecino Lesoto y un representante del dalái lama, uno de sus mejores amigos, quien no pudo asistir por su avanzada edad y las restricciones impuestas por la pandemia.

A menos de un kilómetro de allí, decenas de personas seguían el funeral en una gran pantalla en la calle, una escena que se repitió en las casas y bares de todo el país.

 

La palabra del presidente de Sudáfrica

Ramaphosa pronunció el panegírico después de la comunión: «Si el arzobispo Desmond Tutu estuviera allí, diría: ‘¿Por qué estás tan triste, tan infeliz?'», bromeó el mandatario.

«Madiba (el nombre del clan de Nelson Mandela) fue el padre de nuestra democracia, el arzobispo Tutu, su padre espiritual», agregó.

«Tutu fue, sin lugar a duda, un cruzado en la lucha por la libertad, la justicia, la paz justa y no solo en Sudáfrica, sino que en todo el mundo. -continuó- Fue un ser humano humilde y valiente que habló en nombre de los oprimidos, los maltratados y los que sufrían», puntualizó Ramaphosa.

El presidente hasta reconoció algunas de las críticas que el arzobispo hizo sobre los Gobiernos post-Apartheid, incluido el suyo.

Luego, le entregó a la viuda de Tutu, «Mama Leah», como la llaman cariñosamente los sudafricanos, una bandera nacional.

 

La vida de un luchador

Tutu, famoso por su coherencia política y modestia a través de los años, falleció el domingo 26 de diciembre, a los 90 años, y su noticia desató una ola de reconocimiento no solo dentro de Sudáfrica, sino en todo el mundo. Pese a ello, el arzobispo fue despedido hoy de manera simple, como había pedido.

Un féretro de pino -«el menos caro posible»-, y una ceremonia simple en la iglesia donde predicó contra el Apartheid. Una continuidad, había pedido, de cómo había vivido en un país donde la asimetría entre ricos y pobres, blancos y negros, sigue siendo dominante.

La caja de madera clara no tenía asas de oro, sino simples trozos de cuerda para llevarlo, que recordaron a muchos el sobrio cinturón de los frailes franciscanos, con un ramo de claveles blancos encima. Tutu no quiso ninguna otra flor en la iglesia.

Un amigo cercano y su antiguo número dos cuando era arzobispo, el exobispo Michael Nuttall, fue la persona que eligió para pronunciar el sermón.

«Nuestra relación podría decirse que tocó la fibra sensible en los corazones y las mentes de muchos: un dinámico líder negro y su adjunto blanco, en los últimos años del apartheid no era poca cosa», recordó desde el altar.

«Fuimos un anticipo de lo que podría ser nuestro país dividido», agregó visiblemente emocionado.

Siempre se rumoreó que por esos días la vida de Tutu corría peligro. Sin embargo, él nunca dejó de ir a su iglesia a predicar un mensaje de amor, respeto y justicia.

En las manifestaciones, «era un escudo para nosotros», recordó durante la ceremonia Panyaza Lesufi, un alto cargo del Congreso Nacional Africano, el partido que llevó a Mandela al poder y que sigue hoy en el Gobierno.

Nuttall también recordó que el expresidente y el líder social que encabezó el fin del Apartheid junto a Klerk, Nelson Mandela, describía a Tutu como «la voz de los sin voz,  una voz a veces estridente, a menudo tierna, nunca asustada y rara vez desprovista de humor».

Con esta ceremonia, el país y el mundo despidió por última vez al querido arzobispo y líder social, después de una semana entera de homenajes fuera y dentro del territorio sudafricano.

Miles de personas dieron vuelta alrededor del féretro en los últimos días para despedir por última vez a quien fue, para muchos, la brújula moral del país durante décadas.

Tutu incluso dejó un último mensaje para todos ellos que fue leído antes que lo enterraran en el cementerio de la catedral de San Jorge.

Eligió el pasaje del Evangelio según San Juan en el que Jesús se dirige a sus discípulos después de su última cena: «Mi mandamiento es este: Ámense los unos a los otros como yo los he amado».

 

La aquamación

El cuerpo de Tutu se redujo a polvo mediante aquamación, un nuevo método de cremación basado en la combinación de agua y altas temperaturas, presentado como una alternativa ecológica a los modos de sepultura clásicos.

Como la técnica de compostaje de los cuerpos con capas de hojas y madera, o el nitrógeno líquido, la aquamación es un método funerario permitido solo en algunos países. De hecho, en Sudáfrica la práctica evoluciona en un cierto vacío legislativo.

De su nombre científico «hidrólisis alcalina», consiste en la cremación por el agua más que por el fuego.

Los restos del fallecido se depositan en un gran cilindro metálico y luego se sumergen en un líquido, una mezcla de agua y productos alcalinos.

La sustancia se calienta (alrededor de 150 ºC) y se pone bajo presión, proceso que permite una rápida disolución de las carnes en el interior de la caja.

Después de sólo unas horas, los tejidos del cuerpo (grasas, sangre, proteínas, piel…) son «completamente licuados, y no quedan más que los huesos», explica el sitio funeral.info.

Estos huesos son luego reducidos a polvo blanco, colocados en una urna y entregados a los familiares para ser enterrados, como lo será monseñor Desmond Tutu, o depositados en un columbario.

Desde un punto de vista simbólico, el agua se considera más suave que las llamas, y evoca el final de una vida comenzada en el elemento líquido. Pero sus defensores destacan sobre todo el beneficio ecológico del método, menos energizante que la cremación por combustión y que emite menos gases de efecto invernadero.